Graffiti literario en colaboración con ERB MON

Subtitulando el paisaje

La discusión está servida y se ciñe únicamente a la lucha entre dos formatos: libro de papel o libro electrónico. He aquí, la que podríamos denominar tercera vía, encarnada en el lujo con el que rara vez puede contar un escritor: escribir sobre las paredes en pleno paisaje urbano. Tratar de provocar la literatura oral de sus convecinos mediante palabras y frases que claman y se proclaman desde los murales. Conseguir que un barrio sea (más) legible. Porque bastaba, de hecho, un breve paseo por Txonta para percatarse de que este barrio eibarrés se expresaba con contundencia y ofrecía ya en sí mismo al peatón mucho que interpretar y leer, antes incluso de que Erb Mon comenzase su intervención.  Cuántas capas anacrónicas sedimentadas a destiempo,  cuántos mensajes secretos y cuántos códigos a descifrar en la ropa puesta a tender en las ventanas: edredones de piel de leopardo, ropa interior, pijamas de Spiderman que delatan superhéroes domésticos y proletarios... Cuántos portones herrumbrosos. Cuántos talleres vigentes y difuntos. Cuántas ventanas cuya vocación de serlo fue frustrada antes de empezar. “Preservación por abandono”, así denominan al parecer en Detroit a la “conservación” involuntaria producida en aquellos sitios que, a pesar de haber perdido el lustre y la funcionalidad, siguen conservando, como congelados en el tiempo, las intenciones y la estética venida a menos de antaño: el tiempo se congela, pero la materia sigue desintegrándose. La dejadez convertida en formol.  La ejemplificación más extrema de esta “conservación” es sin duda el perímetro urbano aún hoy deshabitado en Chernóbil. Intuimos también cierto espíritu postapocalíptico en las chabolas que se retrepan sobre la montaña, cierta conciencia desesperada, la certeza de que “la cabra tira al monte” cuando todo lo demás parece perdido. Quizá porque realizamos la visita por Navidad, no resultaba difícil vislumbrar un portal de Belén postnuclear por estos lares. Txonta es un lugar idóneo para el renacer, para la música, la performance o el teatro callejero, así se nos antojó, un plató natural cautivador. Es algo que demasiado a menudo olvidan los poderes públicos: que cultura es también ampliar un horario, ceder un local, dotar de contenido cultural espacios inexistentes que lo piden a gritos. No se trata solamente –ni siquiera principalmente– de edificar infraestructuras supuestamente culturales. 

Las calles son el cuaderno de Erb Mon. Su labor artística es hilar texto y contexto mediante frases e imágenes. Provocar el estupor en el peatón que pasea por esas calles contradiciendo o subrayando mediante su trabajo el enigma que destila el entorno. Digamos que se trata de subtitular libremente el paisaje. Porque ese paisaje ya lo dice todo por sí solo. He aquí un cuento efímero. Un grito que ambiciona ser la chispa adecuada. Ni más ni menos.


Así sea y que nosotros lo veamos. (Enero de 2014)

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