Mugaritz B.S.O.

Edita: Ixo (gaztelania/ingelesa)
Año: 2013
ISBN: 978-84-935310-6-5
Págs: 119

Libro-disco de tirada limitada que acompaña el DVD del documental homónimo creado por el músico Felipe Ugarte, Juantxo Sardon y el cocinero Andoni Luis Aduriz. Relatos, poemas y conjuros. (Edición bilingüe: inglés-castellano)

«Dentro y fuera de la taza

Lo traigo todo ensayado de casa. Sé que yo pediré un café y ella pedirá otro. Sé que el
mío será negro y el suyo corto de café y con leche tibia. He hecho un esfuerzo notable
por desterrar las excusas manidas, las frases hechas, el “no sos vos soy yo” y demás.
Tomaré el café de un trago y se lo diré a los ojos. Acusará el golpe, pero apreciará
mi honestidad. Quizá se sienta triste y aliviada a la vez; entristecida por su tristeza y
extrañada por su alivio. Quizá se enfade y se marche, cabe en lo posible, pero nunca le
han gustado las escenas. “He conocido a otra, no ha pasado nada, pero sé que puede
suceder”. No, esto lo descarté: “a otra” no queda bien. Mejor decir “alguien especial”,
“una mujer”. Decir “otra” la convertiría a ella en “una”, y no sería justo.
Ya digo que lo tengo todo pensado.
“Está fuera del alcance de mi mano, es algo que puedo contar, pero que no
puedo controlar”. Contar y controlar, dos palabras: la segunda contiene todas las
letras de la primera y alguna más.
Creo no haber dejado nada al azar.
Pero hay cosas que no se pueden ensayar: la posibilidad de agarrar
y acariciar su mano, la posibilidad de agarrar su mano sin acariciarla, la
posibilidad de acariciarla sin agarrarla, la posibilidad de que ella se me adelante
con una sonrisa desarmante o una noticia severa, una noticia pésima que no
deja ningún resquicio para más malas nuevas, una enfermedad grave que le
ha sido diagnosticada a su padre, por ejemplo (“le han dado seis meses”).
Nada de esto sucede. Salvo lo de los cafés. El mío es negro y
el suyo corto de café y con leche tibia. El mío lo he tomado de un trago y,
definitivamente, creo tener las fuerzas y el valor suficiente para decírselo.
“¿Qué era eso tan importante que tenías que contarme?”.
Es por los posos. El futuro se posa en ellos como un halcón. Cuando
miro al fondo de la taza lo que veo acapara toda mi atención: se trata de una
pupila muy oscura que se abre y se cierra, allá en el fondo de la taza; una
pupila de halcón que parece guiñarme el ojo. De improviso, el ojo se aleja y
veo la cara de un hombre etíope –sé al instante que lo es, no me pregunten
por qué– que se aleja del fondo de la taza y se interna en una plantación de
café donde veo a su vez a un grupo de recolectores que cantan reconfortantes
himnos que soy incapaz de entender, veo que los granos de café son
trasladados a una especie de abrevadero donde son limpiados y filtrados,
veo que los recolectores siguen cantando todo el tiempo, y veo más tarde
que aquellos granos elegidos con esmero son machacados por un grupo de
mujeres; veo granos de café a granel en sacos, soy testigo de una discusión
sobre el precio de la mercancía entre un hombre blanco vestido de negro y un
hombre negro vestido de blanco, veo sacos que se convierten en pequeños
paquetes, paquetes que vuelan en avionetas de hélices muy ruidosas que
basculan y reculan, pequeñas hélices de acero inoxidable que muelen el café
y una camarera becada por una universidad americana que lo introduce en
la cafetera –clac-clac–. La cafetera es apenas un tren eléctrico que se pone en
marcha, me veo ahí, en el fondo de la taza, estoy pidiendo dos cafés, “el mío
solo” el de ella “corto de café y con leche tibia”, está sucediendo todo dentro de
la taza, dentro de la pupila de un ave de cetrería, allí, más allá del velo oscuro
formado por los posos; increíble pero cierto, lo estoy viendo: un hombre que
lo trae todo muy pensado de casa se arma de valor para decirlo, ha hecho un
esfuerzo notable por desterrar las excusas manidas, las frases hechas, el “no
sos vos soy yo” y demás. Tomará el café de un trago y se lo dirá a los ojos. Su
interlocutora acusará el golpe, pero apreciará su honestidad.
“¿Qué era eso tan importante que tenías que contarme?”.
Los dos hombres, yo y el del fondo de la taza, alzamos a la vez la
mirada de los posos, los posos que deja el amor o la costumbre, esos posos.
No está claro, ninguno de los dos lo sabemos. Ignoramos si seremos
capaces de articular palabra o hemos perdido para siempre la capacidad del habla.
Hemos olvidado quitarnos la gabardina y nuestros brazos se
abren como las alas de un halcón».